
A lo largo del país se concretaron ejecuciones, arrestos masivos, allanamientos múltiples; más que velar por el resguardo de la seguridad y el orden en el país hubo un uso indebido y exagerado de la fuerza por parte de los militares; numerosas desapariciones, muertes en horas de toque de queda, sempiterno abuso de poder militar en el establecimiento del Estado de sitio; torturas y diversos actos de terrorismo de Estado. En fin, una masacre con todas sus letras. Con la Dictadura, la vigilancia aumentaba, al tiempo que muchos compatriotas sólo por el hecho de pensar diferente tuvieron que abandonar su suelo, sueños y familia para ir al exilio. Para el resto de los que quedaron en el país, comenzaba la aparición de decenas de recintos de reclusión y tortura, tanto públicos como secretos. Para qué es el sol que nos alumbra, si no nos queremos ni mirar…
Entendiendo la Dictadura como proceso político y, de la mano, la persecución y violencia como hechos concatenados a ésta, es que debemos identificar tres momentos:
En una primera instancia, se concretaron diversos de ataques masivos, detenciones en cientos de recintos, allanamientos y muertes hacia una gran masa de contrarios al régimen. Tan masiva fue esta etapa que el 61% de las detenciones calificadas por la Comisión Valech se efectuaron en 1973. Fue tan macro, que sólo la Caravana de la Muerte así lo avala. Claro está, la intervención militar entendida de manera tan agresiva obviamente iba a limitar el accionar de miles de chilenos y chilenas. Esto no es nuevo, la Historia de la humanidad está repleta de momentos similares: es cosa de recordar las muertes que ocurrían en las plazas públicas de manera tal que el resto de los observadores ni se les ocurriera realizar el acto por el cual se expone a la víctima. Había que aterrorizarlos, vejarlos, herirlos psicológicamente, matar sus libertades, amedrentar sus sentidos. Esta etapa inicial transcurrió en los días y meses siguientes al Golpe, pero se vio pronto detenida a mediados de los 70’, cuando la persecución de personeros opositores a la Junta Militar se hizo más específica.

La segunda etapa implicó que simpatizantes y partidarios del Partido Comunista (PC), Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y Partido Socialista (PS) fueran blancos de una fuerte persecución, sobre todo de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) y su sucesora, la Central Nacional de Informaciones (CNI). Estos aparatos de inteligencia o policía secreta fueron claves para materializar las teorías de la Dictadura, de modo de cumplir básicamente dos objetivos: por un lado, perseguir a los contrarios al Régimen; pero por otro, resguardar y hasta controlar políticamente incluso al mismo Gobierno, como es el caso de la DINA:
“A tanto llegó el celo inquisidor de la DINA, que tampoco se privó de controlar a los propios funcionarios del Gobierno, incluidos los ministros, y a prominentes militares en servicio activo. Contribuyó poderosamente al afianzamiento del poder personal del general Pinochet, liderando la «guerra contra el marxismo» , pero también neutralizando a sus posibles rivales al centro del propio régimen militar.
Por último, al entrar en la década de los 80´ y hacia los últimos años de la Dictadura se concretó una tercera fase de persecución, en donde se reanudaron los allanamientos ya no tan rigurosos como en la etapa anterior, pero sí teniendo en cuenta que estas detenciones podrían evitar rearticulaciones o levantamientos clandestinos contra el Gobierno. Esta etapa fue conducida por la CNI – ya que, recordemos, la vida de la DINA había terminado en 1977 – realizándose persecuciones en las ciudades más importantes del país, sobre todo Santiago. Estas detenciones arbitrarias disminuyen en comparación con las etapas precedentes, por cuanto el objetivo principal era la formulación de trabajos de inteligencia y recopilación de información atingente para evitar la rearticulación clandestina de grupos contrarios al régimen, ya que comenzaba una irrupción de movimientos de oposición democrática y aparecían con más protagonismo grupos organizados de oposición armada.
Pero ¿cómo y dónde se perpetuaron tales atrocidades? Fueron diferentes los espacios físicos que sirvieron de sometimiento para miles de chilenos y también extranjeros, sitios donde los cuerpos exigían una libertad de expresión pero que se les negaba tajantemente. Pero ¿qué acontecía con los familiares de todas estas víctimas? Una cosa es remitirnos a los oprimidos, pero ¿no serán arrastrados hacia la misma situación de miedo y desolación también los hijos, esposas, padres, amigos de los detenidos? Los familiares de éstos convivirían de la mano con un daño degenerativo tremendo, el mismo que les impedía por un lado trabajar, tanto por quedar muchos de ellos cesantes producto de sus militancias, como por ser sólo familiares de los detenidos; por otro lado socializar, ya que marcó y pesó tan hondo el hecho de poder ser arrestado o torturado en cualquier punto que muchos de ellos vivieron refugiados en sus casas; y que también los obligó a transformarse, muchas veces, en nuevas/os jefes de hogar. Sus vidas se vieron truncadas, sus sueños rotos. Sus anhelos se transformaron en ilusiones vanas, tan superfluas que ya ni las considerarían. Pues claro, todos al mismo tiempo son torturados: si bien unos físicamente, otros psicológicamente.
Si bien los ejemplos dictatoriales ya se habían instalado a lo largo y ancho de América del Sur, éstos aún no generaban en la población chilena la verdadera conmoción que más tarde gatillarían. Por tanto, el Golpe en nuestro país tuvo un doble impacto: por un lado, superó toda previsión ante lo que se concretaba en el territorio y, por otro lado, las respuestas sociales ante tal avance militar o no fueron maduradas a tiempo, o bien se desvanecieron por no pensarse nunca que tal situación iba a terminar de ese modo, no dimensionándose sus secuelas.
FUENTE: EXTRAÍDO DEL LIBRO EL CASO ACUÑA, VIOLENCIA POLÍTICA Y REPRESIÓN EN LA REGIÓN DE COQUIMBO PAGS: 71-74